domingo, 22 de enero de 2017

Ruta por Estonia

Molino de viento en Angla

Después de mucho tiempo de haber iniciado los post sobre las Repúblicas Bálticas, el viaje llega a su fin. Y es que, una vez ya he escrito sobre las 3 capitales, y explicado la ruta por dos de los países, ya sólo queda daros a conocer cuál fue mi ruta por Estonia.

Estonia es, de entre las tres repúblicas, la que queda más al norte, y la más pequeña, pero no por ello es la que ofrece menos a los visitantes, si no que allí se encuentra una oferta muy amplia y bien diferente. ¿Queréis saber dónde encontrar el cráter de un meteorito, dónde nos picaron los mosquitos/chinches, o dónde encontrar antiguos molinos de viento de madera? Pues no os perdáis este post.

Veníamos de haber recorrido Lituania y Letonia, y entramos a Estonia por la costa. Pasamos muy cerca de la ciudad de Parnu, pero no hicimos parada, porque nuestro destino era otro. Nos dirigimos directamente a la isla de Saaremaa. La isla de Saaremaa es la más grande de Estonia, situada en pleno mar Báltico. Para llegar a ella, cogimos un ferry desde la localidad de Virtsu , que nos dejó en el pueblo de Kuivatsu, en la vecina isla de Muhu. Des de allí, la misma carretera principal que atraviesa la isla se convierte en un largo puente sobre el mar, que conecta directamente con la isla de Saaremaa.

Vistas desde el ferry hacia Muhu

Nuestro primer destino, cómo no, fue buscar alojamiento. A través de la guía que teníamos, nos dirigimos directamente a un camping, el Mändjala, donde indicaba que había dormitorios. Y allá fuimos y efectivamente había plazas libres. Escogimos una habitación para 5. Nos sorprendió que el camping estaba en un entorno muy agradable, entre los árboles y con acceso directo a la playa. Con la llave en las manos nos fuimos hacia la caseta que nos indicaron desde recepción. Por su tamaño, una casa de madera bastante grande, nos esperaba un amplio y buen alojamiento. Nada más lejos de la realidad, resulta que la casa estaba dividida en 4 habitaciones totalmente independientes. En las habitaciones apenas había 5 camas y unas mesitas de noche, y absolutamente nada más. La verdad, aunque fuese un camping, nos esperábamos un poquito más. Pero qué le íbamos a hacer, total, iba a ser sólo una noche.

Alojamiento en el camping Mändjala

Entonces empezó realmente nuestra ruta por Estonia. La primera parada fue la localidad de Kihelkonna, al noroeste de la isla. Lo más destacable del pueblo es la iglesia de San Miguel, una edificación blanca con tejados rojos, de origen germánico, que data del siglo XIII. Es la iglesia más antigua de la isla.

Iglesia de San Miguel, Kihelkonna

Retornando hacia el suroeste de la isla, cruzamos la Reserva Natural de Viidumäe, una importante extensión de bosque en medio de Saaremaa. Al igual que el resto del territorio que ya habíamos visitado, el terreno era bastante llano, con lo que era complicado observar la magnitud de las cosas. Pero en medio de la reserva natural hay situada una torre de vigilancia, y no dudamos ni un momento en subir. Desde arriba se tenían unas vistas increíbles de la reserva y del resto de la isla, y pudimos observar el alcance de los bosques, una continua cubierta de color verde oscuro que casi tapaba la totalidad del suelo de la isla, toda una maravilla.

Torre de vigilancia a la que subimos
Vistas desde la torre a la Reserva Natural de Viidumäe

Como ya empezaba a avanzar la tarde, decidimos ir a contemplar la puesta de sol desde la península de Sorve, el extremo más septentrional de Saaremaa. La carretera no conduce hasta la punta de la península, así que nos adentramos con el coche por una pista forestal que nos dejaba muy cerca. Aparcamos al lado de una torre de vigilancia, y como teníamos tiempo todavía, subimos para contemplar las vistas desde allí. Bajamos y nos dispusimos a ir hasta el cabo donde finaliza la península, pero se trataba de una zona bastante pantanosa, y a momentos iban acudiendo los mosquitos alrededor nuestro. La nube de mosquitos que nos envolvía era cada vez más grande, y aunque pudimos ver la puesta de sol, tuvimos que salir huyendo de la zona, por el peligro de acabar cubiertos de picaduras. Así que compramos algo de cena y de desayuno, y nos fuimos directamente a nuestra habitación para comer y descansar, que el día siguiente sería también intenso.

Final de la Península de Sorve
Puesta de sol

A la mañana siguiente, rehicimos las maletas y dejamos el alojamiento para continuar nuestra ruta por Saaremaa. Des del camping condujimos hasta el Cráter de Kaali. A diferencia de los cráteres formados por erupciones volcánicas o por emergencias de bolsas de gas, el de Kaali tiene origen extraterrestre. Y es que fue originado hace más de 2.700 años por un meteorito que impactó en esta zona. Se trata del cráter por meteorito más grande de toda Europa. Desde el exterior apenas se observa un montículo, pero una vez se sube a él, se observa un profundo agujero en la tierra de unos 100 metros de diámetro, que a lo largo de los años se ha ido cubriendo de árboles, y que alberga en su interior un pequeño lago de aguas verdosas.

Cráter de Kaali
Interior del Cráter de Kaali

Nuestra siguiente parada fue Angla, donde se encuentra un recinto de molinos de viento antiguos. Fueron construidos entre finales del siglo XIX y principios del XX, y hechos totalmente de madera. En el momento que fuimos el acceso era totalmente libre. En la actualidad creo que hay que pagar entrada, a raíz de la rehabilitación a la que el conjunto de 6 molinos fueron sometidos y que permite que puedan ser visitados en su interior. Des de allí condujimos hasta los Acantilados de Panga, de una altura media de 22 metros y que se precipitan en línea recta hasta el mar Báltico. Des de allí se puede observar la cercanía de la isla de Hiiumaa.

Molino de Angla
Conjunto de molinos de madera
Acantilados de Panga
Color blanco de la roca en los Acantilados de Panga

La última parada en la isla fue en la capital de la misma, Kuressaare. El centro histórico está conformado por algunas casas coloridas, que se mezclan con parques y espacios abiertos que lucían de un verde intenso durante esos días, y que se abrían al mar en la parte sur de la ciudad. La verdad es que es una localidad muy agradable para pasear. El punto de atracción más importante de la pequeña ciudad es el castillo. Se trata de una fortaleza medieval, conservada prácticamente intacta. Un pequeño castillo de planta cuadrada con un par de torres de vigilancia que sobresalen sobre el resto del conjunto, y rodeado por un imponente foso repleto de agua, que le aporta una sensación de inexpugnable. Éste fue el último refugio de Germán el Largo. Se accede al castillo a través de un puente de madera sobre el foso. El interior del castillo estaba ocupado por un museo, que reproducía algunas salas originales y algunas tradiciones de la época medieval, como la sala de tortura o las mazmorras.

Foso y puente de madera del castillo de Kuressaare
Torre de defensa del castillo
Exterior del castillo, donde se aprecia la planta cuadrada

También en Kuressaare, visitamos el monumento por los que lucharon por la independencia de Estonia a principios del siglo XX. Ésta fue la última parada por Saaremaa, así que volvimos hacia Muhu y regresamos a tierra firme con el ferry. Nuestro destino fue Tallin, la capital del país. En un post anterior ya os expliqué cuál fue nuestro recorrido por Tallin, y lo que se puede visitar en un solo día:

Después de visitar la capital del país, nos apetecía volver un poco a ver naturaleza, y alejarnos del asfalto. Cerca de Tallin está el Parque Nacional de Lahemaa, un territorio de bosques, dunas y pantanos al norte del país, en pleno contacto con el mar. Allí vivimos uno de los momentos más “auténticos” en lo que a turismo rural se refiere. Y es que al llegar al parque lo primero que hicimos fue buscar alojamiento. Encontramos un alojamiento rural que nos pareció ideal, si no me equivoco es el Toomarahva Farmstay, en el pueblo de Altja. Más adelante os explicaré nuestra experiencia en el lugar.

Nuestra llegada al alojamiento

La intención de nuestra visita era realizar una excursión por el parque, así que dejamos la mochilas en el alojamiento y fuimos directos a empezar nuestro recorrido. Hicimos una caminata de unas 3 o 4 horas por la península de Käsmu, por unos caminos muy bien adaptados, ya que eran muy llanos. Atravesamos la península y llegamos al cabo de Käsmu y la bahía de Eru. Comimos en medio del bosque, y en nuestro regreso al coche, a medio camino encontramos una enorme roca, a la que se puede subir. A estas alturas habréis podido comprobar que nos subimos allá donde podemos, y esta vez no iba a ser menos, así que escalamos la roca. Retomando nuestro camino, nos encontramos con alguna pequeña cascada, como las de Valgejögi y algunos lagos de aguas muy calmada, y que permitían observar el reflejo de los árboles en sus aguas.

Playa en la bahía de Eru
Yo subiendo a la roca
Lago de aguas calmadas

Una vez acabada nuestra excursión nos dispusimos a disfrutar de nuestro alojamiento campestre. Se trataba de una casa en pleno parque que disponía de algunas habitaciones. A parte de las habitaciones, habían habilitado el granero como una casa independiente, dividida en dos alturas, con cinco colchones en la parte superior, que aquella noche fueron nuestras camas. El plan nos pareció ideal, una casita de madera en plena naturaleza, y nos metimos de cabeza. Pero finalmente los inconvenientes fueron mayores que la experiencia rural. Y es que un granero no es bien bien una casa ni un apartamento, y menos si no lo habilitas en su totalidad. El alojamiento disponía de una cocina, y cuando digo cocina, digo fogones y horno, y punto, porque por no tener, no tenía ni utensilios de cocina, y tuvimos que pedirle a la propietaria un cazo para poder cocinar la cena. Pero no tenía cazos, así que tuvimos que hacer unos estupendos macarrones en una sartén… Las principales incomodidades empezaron momentos después, porque claro, al ritual de dormir le precede el de higiene personal. Pero el granero no tenía baño. El baño consistía en un grifo en el exterior de la casa, que utilizamos tanto para fregar la sartén como para cepillarnos los dientes, y de un wc en una caseta. Nuestra sorpresa fue mayor al descubrir que lo que pensábamos sería un retrete, no era más que una comuna, con el consiguiente olor que desprendía. En lo que respecta al baño, la mujer nos informó que no había ducha, pero que al lado de su casa tenía una sauna donde nos podríamos asear con un cubo de agua caliente. La sauna difería mucho de la que estamos acostumbrados a ver, y el agua no estaba precisamente caliente. Yo creo que es uno de los baños más rápidos que he hecho en mi vida, un poquito de aseo para mantenerse limpito y no más, jejeje. Lo peor vino al día siguiente. Después de una noche de risas, yo me desperté con un picor tremendo en las piernas. Al destaparme descubrí que tenía las piernas llenas de picaduras de un tamaño muy considerable. Estuve como dos días con picores tremendos, y con picaduras inflamadas, que incluso se notaban por encima de los pantalones. Al principio pensé que eran mosquitos, pero cada vez estoy más convencido de que fueron chinches, ya que jamás he tenido esa reacción tan exagerada con las picaduras de mosquito. Vamos, nuestra experiencia rural se convirtió en una experiencia bastante desagradable. Ahora cada vez que veo cabañas de madera como alojamiento rural, no puedo evitar acordarme de este lugar.

Granero donde nos alojamos
Maravillosa sauna
Y mejor wc...

Al día siguiente, sin salir del parque natural, visitamos la mansión Palmse y la mansión Sagadi, dos palacetes destacados en un entorno tan natural.

Mansión Palmse
Palacio en Sagadi

Nuestro recorrido por Estonia tenía que continuar. Nos dirigíamos hacia Tartu, la segunda ciudad del país, pero antes quisimos hacer una parada en el lago Peipsi. Se trata del lago más grande de los tres países, y que hace de frontera entre Estonia y Rusia. A unos quilómetros de donde habíamos parado para ver el lago (Kallaste), está el castillo de Alatskivi, un bonito castillo de estilo neogótico, reconstruido en el siglo XIX por el Barón von Arved Nolcken. El edificio es muy destacado, y los jardines de alrededor suponen el marco perfecto.

Orillas del lago Peipsi
Castillo de Alatskivi

Finalmente llegamos a Tartu, nuestro último destino en el país. Tartu es la segunda ciudad de Estonia, pero es su capital intelectual, ya que en ella está situada la universidad más importante del país. Aunque la ciudad es bastante más pequeña que Tallin, su encanto está bastante a la par, con edificios de tonos pastel, y una arquitectura muy similar a la de la capital. Llegamos bien entrada la tarde, y después de encontrar alojamiento en la residencia universitaria (una opción que os recomiendo encarecidamente, por su precio, centralidad y comodidad), nos fuimos directamente a la colina Toomemägi, a visitar la Toomkirik, una catedral gótica en ruinas situada en una pequeña colina, desde la que se tiene una estupenda visita de la ciudad baja. Fundada por caballeros alemanes en el siglo XIII, está dedicada a San Pedro y San Pablo, y se convirtió en uno de los edificios religiosos más grandes de Europa del Este. La reforma protestante del siglo XVI y posteriores guerras e incendios, destruyeron casi en su totalidad el edificio. Hoy en día acoge el Museo Histórico de la ciudad. En la misma colina también destacan los puentes del Ángel y el del Demonio, y la piedra para sacrificios, que otorga al lugar un ambiente de magia y brujería.

Catedral Toomkirik
Puente del Diablo
Tartu es conocida por ser el centro universitario del país, y es que su universidad, que fue fundada en 1632 bajo ocupación sueca, se convirtió en 1919 en la universidad nacional de Estonia. La sede principal de la universidad, un edificio blanco y gris de estilo neoclásico, está situado en la Ülikooli Peahoone, número 18, y recuerda mucho en su exterior a una residencia o un palacio presidencial.

Edificio de la Universidad de Tartu

En en centro de la ciudad hay dos edificios que no hay que dejar de visitar. El primero es el Ayuntamiento (Raekoja plats), en la plaza principal de la ciudad, un edificio también de estilo neoclásico de un característico color rosa pastel. La presencia de edificios neoclásicos en Tartu es consecuencia del incendio de 1775 que asoló la ciudad, y su posterior reconstrucción bajo la influencia de este estilo. En la misma plaza, frente al ayuntamiento, está una estatua dedicada a los enamorados. La Raekoja plats no sé como será en otras estaciones, pero en verano está llena de vida, con las terrazas de los cafés y bares, y por las flores que repletan los balcones y jardineras. El segundo punto de interés del centro de la ciudad es la Iglesia de San Juan Bautista, o Jaani kirik, fundada en 1330, y que sobresale sobre el resto de edificios por su torre cuadrada situada en la fachada.

Ayuntamiento de Tartu
Detalle de la torre de la Iglesia de San Juan

No hay que irse de Tartu sin salir un rato por la noche. Y es que el ser la capital universitaria del país, la convierte en una ciudad llena de vida y de ocio. Nosotros hicimos lo propio, visitando algunos locales.   

Sin duda Estonia es un pequeño gran país, que ofrece mucho al visitante. Nosotros lo disfrutamos muchísimo.

1 comentario:

  1. Hola Glo! Enhorabuena por tu Blog! Es muy completo y creo que me puede ser de mucha utilidad en próximos viajes, ya que te he conocido hace muy pocos días. Comentarte, por mi parte, que después de mucho pensarlo, decidí abrir también mi propio Blog de viajes, todo y que aún esta algo “verde” :). Cualquier cosa que necesites o si quieres pasarte a verlo de vez en cuando serás bienvenida! Por cierto, sigo también tu página de Instagram! �� Un beso! �� ��http://nuestrapasionporviajar.blogspot.com.es/

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